To read this article in English, click here
Como maestro de preparatoria del distrito escolar peor pagado del condado de San Mateo, vivo cada vez más con temor a hacer lo que creo que es correcto. Mi trabajo consiste en ayudar a los estudiantes a comprender el mundo que les rodea. Eso no debería ser controvertido. Sin embargo, hablar de la realidad de lo que sucede en Palestina y Gaza, de acontecimientos financiados en parte con impuestos estadounidenses y que se debaten a diario en el ámbito internacional, puede resultar profesionalmente peligroso. La carga no reside simplemente en la posibilidad de ser objeto de una queja o de una demanda. Es la sensación constante de vigilancia. Cada lección, cada presentación, cada correo electrónico, cada debate en clase conlleva la posibilidad de ser examinado por personas que no buscan comprender lo que se enseña, sino encontrar motivos para atacar. Esa presión me acompaña hasta casa. Está presente en mi mente mientras planifico clases, respondo correos electrónicos o intento disfrutar de un fin de semana.
Lo que hace que este temor sea real es que no es hipotético. En toda California, los profesores de estudios étnicos se han enfrentado a solicitudes de acceso a sus registros, acusaciones públicas, acoso en línea y campañas diseñadas para convertirlos en blanco de estos ataques reaccionarios. En el condado de San Mateo, los educadores han visto cómo colegas suyos son atacados simplemente por enseñar sobre Palestina, el colonialismo o los sistemas de opresión. Profesores cuyos nombres aparecían en los metadatos han sido identificados y atacados públicamente. Algunos han visto su información personal difundida en línea. Otros han visto fotografías de familiares publicadas en internet por provocadores políticos de derecha. El mensaje es inequívoco: hablar de la realidad puede convertirte en un blanco de hostigamiento.




